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Bienvenidos a St. Luke en Español

Saludos a toda la comunidad de habla hispana. Deseamos invitarlos a escuchar breves reflexiones en español para su enriquecimiento espiritual. 

Puede dejarnos comentarios en esta página y decirnos cómo podemos ser pertinentes en sus vidas. 

Irreconocible_ El poder transformador de la resurreccionPastor Dr. Richard Camino
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Irreconocible: El poder transformador de la resurrección Un sermón de Pascua del pastor doctor Richard Camino Leído por una voz automatizada. La base de esta reflexión la pueden leer en el Evangelio de San Juan, capítulo 20, versos 14 a 16. ¡Cristo… ha resucitado! Y aquí está lo extraño, hermoso e inquietante de esa resurrección: casi nadie lo reconoció al principio. Piénsalo un momento. Los discípulos que habían caminado con Jesús durante tres años, que habían escuchado Su voz incontables veces, que habían partido el pan con Él y le habían visto sanar, llorar y orar — miraban al Cristo resucitado y no sabían quién era. María Magdalena estaba llorando en la tumba, se dio la vuelta y vio a Jesús allí de pie, y pensó que Él era el jardinero. Dos discípulos caminaron con Él durante millas en el camino hacia Emaús, en lo que debió de ser la conversación más asombrosa de sus vidas — y aun así, no le reconocían. Algo había cambiado. La resurrección no fue una simple resucitación — no fue un regreso a cómo eran las cosas antes. Fue una transformación del Jesús humano en el Señor de los Señores. ¿Cómo fue que lo reconocieron finalmente? Cada vez que llegaba el reconocimiento, lo precedía algo íntimo e inconfundible. María reconoció a Jesús cuando Él la llamó por su nombre. No con un título. No con un saludo. Fue cuando Jesús la llamó por su nombre —María—, me tengo que imaginar que Jesús tenía una manera única de pronunciar su nombre, una manera inconfundible, como nadie la había llamado. Es de la misma manera en que Jesús nos llama: de una manera única, especial. Al escuchar su nombre, me imagino el sobresalto y la sorpresa de María, que solo puede responder: «Rabboni», que significa «maestro». La intimidad de la relación rompió la extrañeza de la transformación. En el caso de los caminantes de Emaús, recorrieron millas en compañía de Jesús, pensando que era un extraño. Luego, los caminantes invitan a este extraño a comer y solo en el momento en que Jesús parte el pan, es que lo reconocen, cuando sus ojos se abren. No fueron los argumentos teológicos ni los milagros lo que permitió el reconocimiento. Fue un simple acto comunitario: compartir y partir el pan. Es el gesto del compartir comunitario, acción que Jesús repitió una y otra vez: desde las bodas de Caná hasta el milagro de los panes y peces, pasando por ir a la casa de Zaqueo y la última cena. En el caso del famoso Tomás, el incrédulo, este solo reconoció a Jesús cuando vio las heridas del Maestro. Son las marcas de la crucifixión — la evidencia de que este Cristo resucitado realmente había sufrido, amado de verdad y pagado un precio. El cuerpo glorificado aún llevaba las cicatrices. Ahora, estas cicatrices no son deformaciones en el cuerpo de Jesús. Son la marca inconfundible de Su amor. Tres maneras en que Jesús el Resucitado es reconocido: en la escucha del nombre, pronunciado con intimidad. En el acto cotidiano de compartir la mesa con el otro. El reconocimiento de presenciar las heridas de Jesús como el acto insuperable de amor. Todo esto nos dice quién es el Cristo resucitado — y, a la vez, plantea una pregunta a cada uno de nosotros. ¿Cuál sería la consecuencia de encontrar y seguir al resucitado? ¿Qué debe ocurrir en nosotros cuando Jesús nos llama por nuestro nombre? Si me veo como una persona cristiana, ¿pueden los demás reconocerme después de que Cristo me ha llamado? Recientemente, he estado reflexionando sobre el trabajo de la teóloga mexicana Elsa Tamez, quien escribe sobre lo que realmente significa la conversión a Cristo, también llamada discipulado cristiano. Tamez nos invita a observar a profetas como Isaías, que se enfrentaron a la queja de los israelitas de que, a pesar de su ayuno, sus rituales religiosos y su oración, Dios parecía haberlos abandonado. Isaías respondió: y me preguntan: “¿Qué sentido tiene que ayunemos, si no nos haces caso? ¿Para qué afligir nuestro cuerpo, si tú no te das por enterado?” Pero resulta que cuando ayunan sólo buscan su propia satisfacción, ¡y mientras tanto oprimen a todos sus trabajadores! Sólo ayunan para estar peleando y discutiendo. ”, Luego, continúa diciendo el profeta: “Más bien, el ayuno que yo quiero es que se desaten las ataduras de la impiedad, que se suelten las cargas de la opresión, que se ponga en libertad a los oprimidos, ¡y que se rompa todo yugo! Ayunar es que compartas tu pan con quien tiene hambre, que recibas en tu casa a los pobres vagabundos, que cubras al que veas desnudo, ¡y que no le des la espalda a tu hermano! ” Isaías 58: versos del 3 al 5, Versión Reina-Valera Contemporánea. El profeta Jeremías acusó al rey de Judá, Josías, cuando estaba construyendo su palacio, y citó, «¡Ay de ti, que eriges tu palacio sin justicia, y tus salas sin equidad! ¡Ay de ti, que explotas a tu prójimo y no le pagas el salario de su trabajo! Jeremías 22: verso 13, Version Reina-Valera Contemporánea. El profeta condena la explotación de los demás, el no pagarles salarios justos y la participación del rey en la corrupción. Jeremías habla en nombre de Dios. Los profetas exhortaban al pueblo a cambiar las conductas que explotaban y maltrataban a la comunidad. Ellos hacían un llamado al arrepentimiento, a una conversión. Cuando intentamos encontrar una palabra similar a 'conversión' en el Antiguo Testamento, el término más usado es la palabra hebrea 'shub'. Esta palabra, en la mayoría de los casos, significaba "dar la vuelta", "regresar" o "ser convertido". No es una transacción espiritual privada que deja el mundo exterior inalterado, ni algún tipo de sentimiento; se trata del cambio que ocurre cuando volvemos a Dios. La conversión es una transformación — de esas que hacen que la gente te mire y piense que algo es diferente. Algo ha cambiado. Casi no te reconozco. El apóstol Pablo lo dice claramente en Gálatas 2:20 — "He sido crucificado con Cristo; ya no vivo yo, sino Cristo que vive en mí." El apóstol Pablo no habló de cambios cosméticos ni de leves mejoras. Yo vivo con el crucificado y el resucitado. La vida antigua ha pasado; algo nuevo y transformador ha ocupado su lugar. ¿Cómo reconocer un encuentro verdadero con Dios? La profesora Luce López-Baralt, experta en los fenómenos místicos, a menudo se le pregunta cómo saber si alguien ha tenido realmente una epifanía, un encuentro con Dios o una experiencia mística. Su respuesta es sencilla. "Los reconocerás por su fruto." Esos frutos son los que distinguen una conversión genuina de una ilusión, una manipulación, una secta, una experiencia emocional que se desvanece al otro día. La verdadera transformación de la resurrección te acerca a lo que Dios había querido: EL libro de Génesis nos recuerda, en el relato de la creación: "Entonces Dios dijo: 'Hagamos a la humanidad a nuestra imagen'", Génesis 1:26, Nueva Versión Internacional. Dios es amor; cuanto más cerca estamos de Dios, más plenamente nos entregamos al amor. La señal inequívoca no es un vocabulario religioso ni un conjunto de opiniones. Es cuando la gente a tu alrededor empieza a decir: "No sabía cuánto te importaba." No sabía que eras capaz de tanta generosidad. Casi no te reconozco. Eso es la Pascua. Así es como se ve resucitar con Cristo desde fuera. Una invitación a levantarse Hay personas hoy que, en un sentido real, viven entre los muertos — no porque sean malas personas, sino porque viven en el reino equivocado. Un reino de autoprotección, de escasez, de sospecha. Un reino donde tienes que demostrar cuánto vales, presentar tus credenciales y ganarte tu lugar. La resurrección de Cristo abre la puerta a un reino completamente distinto. Es un reino que no requiere pasaporte ni prueba de ciudadanía. Es un reino gobernado no por el poder ni el miedo, sino por el amor, la compasión y la verdadera justicia — el tipo de justicia que describió Isaías, la que rompe yugos, alimenta a los hambrientos y se niega a apartar la mirada de quien la necesita. Déjeme ser sincero: este no es un reino fácil. El amor nunca lo es. La resurrección no fue fácil: primero tuvo que pasar por la cruz. Pero es un reino vivo. Y quienes habitan en él se transforman con el tiempo, maravillosamente irreconocibles — porque el Cristo que vive en ellos es reconocible en cada acto de amor. Cristo ha resucitado. Resucitemos con Él. No se sorprendan de que la transformación en nosotros sea tan profunda, tan amorosa, que las personas que más nos quieren y conocen, tengan que mirar dos veces. Y ahora, con la bendición de Dios, ¡partamos a servir!

Entrando a Jerusalem atravez de los ojos de JesusDr. Richard Camino
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Bienvenidos a nuestras breves reflexiones en audio del pastor Richard Camino. Hoy nos centramos en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, según Mateo 21: versos del 1 al 11, guiados por el libro de Henri Nouwen titulado « ¿Puedes beber de esta copa? Nouwen destaca la pregunta crucial de Jesús a sus discípulos: «¿Puedes beber de la copa que yo voy a beber?», como el desafío espiritual central. Los invitamos a relacionar el Domingo de Ramos con esta pregunta: ¿Estamos dispuestos a aceptar todo lo que Dios nos ofrece —dolor, alegría, amor y sufrimiento— al intentar beber de esta copa? Nouwen describe el acto de beber de la copa en la Sagrada Comunión en tres movimientos: sostenerla, levantarla y beber. Estos nos ayudan a comprender la entrada de Jesús en Jerusalén. Sostener la copa significa reconocer la realidad de nuestras vidas, mientras Jesús entra en Jerusalén con plena consciencia, afrontando tanto el sufrimiento como la celebración. Su humildad revela fortaleza y claridad. Esta reflexión nos insta a presentarnos con honestidad ante Dios, mostrándonos tal como somos, no solo una imagen idealizada. En segundo lugar, alzar la copa es un gesto comunitario y eucarístico. El grito de «¡Hosanna!», que significa «Sálvanos, te rogamos», es la aceptación de nuestra vulnerabilidad y fragilidad. El gesto de extender mantos y ramas expresa humildad y confianza en el amor de Dios. La verdadera adoración es una actividad comunitaria que simboliza y anticipa el reino de Dios. Gritamos Hosanna como comunidad que necesita ser salvada y, a la vez, se da a sí misma para colaborar en la salvación, lo cual se demuestra en la acción y el compromiso con los pobres y con la justicia social. Los mantos en el suelo simbolizan la entrega de lo que tenemos y somos, y las palmas, como reconocimiento de la alegría y el júbilo de pertenecer al reino de Dios. Es una ofrenda compartida y sostenida con gratitud y esperanza en comunidad. Finalmente, beber de la copa es el acto más exigente: aceptar plenamente la vida que Dios nos da, incluso su amargura. Jesús entra a Jerusalén, recibiendo la alegría y la esperanza que expresa su pueblo, sabiendo que dentro de poco ese mismo pueblo lo llevará a la cruz. Beber de la copa es un acto de amor. Ahora, volvamos a la pregunta que Jesús siempre plantea: "¿Puedes beber de esta copa?". Al contemplar Jerusalén a través de los ojos de Jesús, vemos el camino desde el Hosanna hasta la resurrección. Beber de la copa significa abrazar la plenitud de la vida, confiando en que Dios dará sentido a cada parte, incluso a las más difíciles. Como dice al salmista al final del Salmo 23 " Has vertido perfume en mi cabeza y has llenado mi copa a rebosar. Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré. Versión: Dios habla hoy.

La fe de un corazón agradecido, una reflexión delPastor Dr. Richard Camino
00:00 / 02:58

La fe de un corazón agradecido, una reflexión del pastor Doctor Richard Camino, leída por una voz automatizada. Hoy utilizaremos el relato bíblico de Lucas 17:11 al 19. En el Evangelio de Lucas, encontramos a Jesús viajando por la frontera entre Samaria y Galilea. Samaria, por un lado, era un lugar hostil a los judíos, y Galilea, por otro, era principalmente una zona rural, desprovista del esplendor y de la importancia religiosa de Jerusalén, un paisaje de tensión social y religiosa. Allí se encuentra con diez hombres con enfermedades de la piel, hombres que, por ley, debían mantenerse alejados, pero que, en su desesperación, alzaron la voz gritando: «¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!». Jesús responde con una simple orden: «Vayan y preséntense a los sacerdotes» (p. 6). Al ir, quedan limpios. Pero la historia da un giro profundo cuando solo uno de ellos, un samaritano, ve que está curado y regresa… Cae a los pies de Jesús, alabando a Dios a viva voz y dándole gracias. Entonces Jesús hace una pregunta inquietante: «¿No fueron diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?». Este pasaje nos presenta tres desafíos para nuestras propias vidas: El primer desafío es: ¿Qué es lo que nosotros realmente vemos? Jesús vio las necesidades de los demás y actuó para satisfacerlas. El samaritano también «vio» algo que los demás no percibieron. No solo vio una curación física; reconoció la mano de Dios obrando. En cuantas ocasiones dejamos de ver la obra y milagros que Dios hace en nuestra vida? Cuantas veces llamamos casualidad o suerte las bendiciones que recibimos? El segundo desafío es: ¿Cómo respondemos a la gracia de Dios? La respuesta adecuada a la misericordia salvadora de Dios —o Charis—, la raíz griega de la palabra carisma, no es presumir que la merecemos. Más bien, es una respuesta de Doxa: de donde viene la palabra doxología, dar gloria y gratitud pura. La gratitud revela humildad de espíritu y sensibilidad al amor que otros expresan. Reconoce que la vida, la salud y la amistad son dones preciosos, no derechos. El tercer desafío es cómo incorporar la gratitud como expresión de fe. Jesús le dice al samaritano: «Tu fe te ha sanado». Esto sugiere que la gratitud no es solo una cuestión de cortesía; es un indicador de nuestra salud espiritual. Quizás no haya mejor forma de medir la fe que el asombro y la gratitud ante el amor inmerecido de Dios (p. 15). En resumen: Diariamente recibimos bendiciones que rara vez percibimos y por las que a menudo no agradecemos. Como el leproso agradecido, que seamos conscientes de la gracia de Dios para que toda nuestra vida se llene de gratitud. No seamos de los nueve que olvidaron, sino de los que regresaron para dar gracias. Que el espíritu del Señor te rodee en cada momento de tu vida. Amén.

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